Archivo de 23 julio 2009|Página de archivo por mes

“El flautista electrónico de Hamelin”

“Como no quisieron pagarle sus servicios, el flautista, furioso, decidió vengarse raptando a los niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas montañas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamás volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más poderoso. Optó, entonces, por prender el aparato televisor: los niños encantados lo siguieron hacia su perdición”.

René Avilés Fabila

Cuestionamientos en una mañana lluviosa

Hoy tuve que ir al centro a hacer unos trámites y, viendo el comportamiento de la gente -y el mío también- ante ese fenómeno climatológico conocido como lluvia, me vinieron varias preguntas a la mente. Obviamente en el viaje de vuelta no sólo no me las respondí, sino que tampoco creo que tengan respuesta.

 

* ¿Por qué hay gente tan odiosa (por no decir malas personas) que usan paraguas e igualmente caminan por debajo de los techos? Creo que experimentan una suerte de placer morboso al ver al pobre pibe que viene caminando y se tiene que mojar porque ellos no se corren.

*¿Por qué corremos? Está comprobado que no mojamos igual, o, peor aun, más.

*¿Cuál es la conjunción divina que hace que pises todas, pero todas, las baldosas flojas? Eso, evidentemente, radica en mi torpeza.

 

Si alguien conoce alguna respuesta, avíseme. ¡Gracias!

Un masajito al ego

Webeando por la huev (o al revés) encontré esto:

http://www.fepe55.com.ar/blog/2009/03/07/metro-y-medio-y-el-gran-dt/

Lo más loco de todo es que esa nota… ¡la hice yo! – durante mi periplo en “El gran diario argentino” (?) -. Además, y de ahí el título de esta entrada, lo más interesante fue que pude leer los dos primeros comentarios positivos sobre algo escrito por mí, sacando los que vinieron de parte de algún familiar y/o amigo (apreciados, pero ciertamente tendenciosos…).

Lista de cosas para hacer esta semana

Algunas realizables, otras imposibles, pero bueno…

 

Ordenar mi habitación;

Ver “Casablanca”, que me la bajé hace un año y medio y todavía no la vi;

Jugar al fútbol en un potrero bajo la lluvia;

Ir a ver a Les Luthiers;

Sacar a pasear a Luna;

Sentarme a escribir;

 

 

Llorar, de vez en cuando…

Dos maneras…

… de graficar que conociste a una mujer intelectual en un boliche:

Según Kevin Johansen:

Cuando le dije si quería bailar conmigo
Se puso a hablar de Jung, de Freud y Lacan
Mi idiosincracia le causaba mucha gracia
Me dijo al girar la cumbiera intelectual
Me dijo al girar… esa cumbiera intelectual…

Cuando intenté arrimarle mi brazo
Se puso a hablar de Miller, de Anais Nin y Picasso
Y si osaba intentar robarle un beso
Se ponía a leer de Neruda unos versos
Me hizo mucho mal la cumbiera intelectual…

 

Según Calle 13:

Cambia esa cara de seria
Esa cara de intelectual, de enciclopedia
Que te voy a inyectar con la bacteria
Pa’ que des vuelta como machina de feria
Señorita intelectual, ya se que tienes
El área abdominal que va a explotar
Como fiesta patronal, que va a explotar
Como palestino…

 

¡Saquen sus conclusiones!

El último café: “Una lágrima”

Lloré. Creo que como nunca lo había hecho en mi vida. No, no creo, lo aseguro. Cuando te acercaste con ese reclamo que ninguno imaginó desembocaría en ruptura. Cuando viniste con esa cara pálida, casi demacrada, y pronunciaste las palabras que nadie espera que le digan. Fueron pocas – la frase fue muy concreta – pero cada letra que me lanzabas tuvo en mí el efecto de miles de estiletazos aplicados sin anestesia. A pesar de todo, seguí. Y como dicen muchos, el tiempo fue cicatrizando las heridas. Hasta que tuve la insólita idea de tomarme ese bendito colectivo. Digo insólita porque tenía la certeza de que era inevitable que eso sucediese. Y sucedió tal como (inconscientemente) lo había planeado. Subiste. Subiste con tus facciones atrapantes, con tu mirada superadora y tu dulce voz. Mis sentidos se sobresaltaron. Digno de mi singular personalidad, no supe que hacer a pesar de haber imaginado ese momento una y otra vez en mi mente. Te miraba sacar el boleto y suspiraba. Te vi hacer los primeros pasos por el pasillo y me preparé. Cuando estuviste a no menos de un metro, esperé tu grito para comenzar a decir casi automáticamente: “sí, tenías razón. Perdoname”. Pero las palabras no llegaron a destino. Simplemente porque no sólo ese grito lleno de odio que imaginaba nunca vio la luz, sino porque pasaste indiferente, incluso rozando mi brazo derecho sin inmutarte. Fue una estrategia que me descolocó. Cualquier sentimiento es preferible a la indeferencia -pensé- , hasta el odio. Así que, rendido, me acurruqué en mi campera y miré a la calle. Junto a mí la ventanilla lloraba su lágrima de lluvia, y en ese momento no supe si seguía siendo ella o se había transformado en espejo.

Junio de 2008

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