Archivo de 3/07/09|Página de archivo diario
El último café: “Una lágrima”
Lloré. Creo que como nunca lo había hecho en mi vida. No, no creo, lo aseguro. Cuando te acercaste con ese reclamo que ninguno imaginó desembocaría en ruptura. Cuando viniste con esa cara pálida, casi demacrada, y pronunciaste las palabras que nadie espera que le digan. Fueron pocas – la frase fue muy concreta – pero cada letra que me lanzabas tuvo en mí el efecto de miles de estiletazos aplicados sin anestesia. A pesar de todo, seguí. Y como dicen muchos, el tiempo fue cicatrizando las heridas. Hasta que tuve la insólita idea de tomarme ese bendito colectivo. Digo insólita porque tenía la certeza de que era inevitable que eso sucediese. Y sucedió tal como (inconscientemente) lo había planeado. Subiste. Subiste con tus facciones atrapantes, con tu mirada superadora y tu dulce voz. Mis sentidos se sobresaltaron. Digno de mi singular personalidad, no supe que hacer a pesar de haber imaginado ese momento una y otra vez en mi mente. Te miraba sacar el boleto y suspiraba. Te vi hacer los primeros pasos por el pasillo y me preparé. Cuando estuviste a no menos de un metro, esperé tu grito para comenzar a decir casi automáticamente: “sí, tenías razón. Perdoname”. Pero las palabras no llegaron a destino. Simplemente porque no sólo ese grito lleno de odio que imaginaba nunca vio la luz, sino porque pasaste indiferente, incluso rozando mi brazo derecho sin inmutarte. Fue una estrategia que me descolocó. Cualquier sentimiento es preferible a la indeferencia -pensé- , hasta el odio. Así que, rendido, me acurruqué en mi campera y miré a la calle. Junto a mí la ventanilla lloraba su lágrima de lluvia, y en ese momento no supe si seguía siendo ella o se había transformado en espejo.
Junio de 2008
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